Cuando las operaciones de arándanos de Maine de John Bragg todavía cosechaban a mano mientras existían máquinas que podían hacer 10 veces el trabajo, sus ejecutivos estaban perdiendo la cabeza. El gerente, un tipo experimentado llamado Burleigh Crane, estaba atrapado en la década de 1970. En cada visita, Bragg sugería amablemente modernizarse. Crane asentiría, de acuerdo... luego vuelve a las viejas costumbres. La oficina central le rogó a Bragg que interviniera y forzara el cambio. Emite un ultimátum. Haz algo. ¿La respuesta de Bragg? "Llegará allí". Pasaron los meses y las sugerencias continuaron. Pero no hubo órdenes ni amenazas, solo paciencia. Finalmente, Crane se recuperó por su cuenta y modernizó toda la operación, no porque se lo dijeran, sino porque decidió hacerlo, en su propio horario. Y debido a eso, la instalación de Maine se convirtió en una de las más eficientes de la empresa. Así es como Bragg construyó sus empresas de miles de millones de dólares. No a través del mando y el control, sino a través de la paciencia y la sugestión. Su filosofía de liderazgo lo resume:
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